Hoy te quisiera besar,
despacito y en silencio.
Que las palabras sobraran.
Que conversaran los besos.
Hoy te iría a buscar,
pero estoy en confinamiento.
Cuando todo esto pase,
te saldré a buscar corriendo.
Padre.
Padre, si tu vivieras
y te pudiera contar.
He sentido miedo esta noche.
Miedo a no despertar.
Esta noche está lloviendo,
y me he puesto a imaginar.
Aquella tarde en el pueblo,
nos pusimos a chapotear.
Corríamos por todo el patio.
¡Como me gusta jugar!
Padre, si tu vivieras,
nos pondríamos a cantar.
Amor de infancia y cocodrilo.
Me enamoré tantas veces,
sin decir una palabra.
Me creía la más fea,
con aquellas piernas largas.
Llegó nuevo a la escuela,
con aquella melena lacia.
Era el niño más bonito,
fuera de historias inventadas.
Sentada junto al cocodrilo,
que había en el patio de casa.
Busqué en su mirada consuelo
y esa tarde decidí,
escribir en un papelito,
el Sí o No de la conquista.
A la mañana siguiente,
mis piernas largas corrían.
Llevaba en un papelito,
la felicidad escondida.
Lo agarraría de la mano.
Lo llevaría a ver mi cocodrilo.
Correríamos los dos juntos.
Entre risas y zancadas,
la calle 76 que desde siempre nos esperaba.
Allí estaban mis amigos.
En la entrada de la escuela.
¿Ya sabes la noticia?
El niño nuevo se ha ido.
Sus padres se lo llevaron 90 millas a nado.
¿ pero que podía haber, del otro lado del mar?
- Un águila, dijo un amigo
- Una hermosa águila imperial
Y volví sin Sí,
sin No.
Y sin nada.
Mi cocodrilo y yo nos cruzamos,
por un buen rato las miradas.
Él abrió su boca grande,
para que yo sus dientes contara.
A mi abuelo Miguel Hernández.
Con su sombrero de cuero
y guayabera amarilla.
Amante de los relojes, los coches y las profecías.
Mi abuelo tenía oro,
también tenía plata.
Dueño de una relojería,
en los 60 confiscada.
Bajo la cepa echa árbol,
eran aquellas partidas.
El dominó dominaba,
cada noche el alma mía.
Los veía desde el suelo,
aquellos señores y amigos
Chito, Segundo, Nazario y Pedro.
Abuelos de la infancia mía.
Aquella cepa hecha árbol,
miles de ranas escondía.
Saltaban sobre la mesa,
verdes, rojas, amarillas.
Aquellos abuelos amigos,
me enseñaron a cazarlas.
Me convertí sin saberlo,
en una nieta guardiana.
Cada rana que saltaba,
yo a la cepa se la decomisaba.
El humo de sus tabacos,
siempre descubrían,
maravillosas figuras,
que iban y venían.
No había un señor más elegante,
que el abuelo que tenía.
Cuando su Chevrolet aparcaba,
de cola larga amarilla,
la puerta de la casa,
sola, solita se abría.
Todas las tardes mi abuelo,
sentado en su sillón.
En el portal que da a la calle
y aquella conversación.
Cada día era nueva,
la palabra que ofrecía.
Mi abuelo era un señor con gran sabiduría.
Sentada sobre mi abuelo,
muchas veces me dormía.
Y ahora desde el balcón,
en esta ciudad vacía,
el alma se me estremece.
¡Ya no sé que es alegría!
Cada abuelo que se marcha se lleva la infancia mía.
Felicidad.
El sol naciendo.
Llevo días que despierto,
con una sola intención.
Un café es mi compañía,
esperamos que nazca el sol.
Juntas, las nubes son madres,
con fuertes piernas abiertas.
Empujan, empujan.
Cada vez lo hacen con más fuerzas
¡Ya llega el sol! Ya llega.
Las madres cansadas, se dispersan.
Acuarelas en el cielo.
Hoguera de luz eterna.
Tengo la respiración,
al ritmo de mis latidos.
Siento una gran emoción.
El café se ha puesto frío.
Que hermoso el sol cuando nace.
Magnífica aparición.
Afortunado el humano,
que aprecie tal bendición.
Se me escapan las palabras.
Se me escapan las palabras,
no las puedo detener,
desobedientes y gritonas que no paran de correr.
Mis emociones afloran.
La primavera también.
Que me abracen las palabras,
las mismas que me abrazaron ayer.
Les espero cada día,
vengan y denme de comer.
Provocadoras palabras,
que mañana no sabré reconocer.
Cada palabra que hoy escribo,
las olvido después.
Mis cajones se rebelan.
Hoy me dió por limpiar,
los cajones de toda una vida.
Alarmados se protegían.
No me reconocían.
¿Y tú qué has bebido ahora?
En fuerte coro repetían.
Los recibos, las garantías
y aquellas fotos gastadas.
¿Y los vinos que contabas?
¿Ahora no quieres beber?
Ya nosotros lo sabíamos.
¡No hay quien te pueda entender!
Mi orejas coloradas,
y mi cara descuadrada.
¿Cómo iba a imaginar,
que mis cajones hablaran?
Sin ninguna rebeldía,
alcé bandera de paz,
cerré cajones y armarios
y aquí no se hable más.
La noche se ha llevado con su osada negrura todo todito,lo que yo había escrito.
Otro día , bendita sea su clara mirada,
Contaré lo contado.
Cantaré lo cantado.
Y esperaré tembloroso
Tu beso, ahora confinado
Bárbara
Excelentes tus poemas, vivencias adornadas con la inocencia creada , gracias por compartirlas .Te deseo muchos éxitos.
Danay Hernández de León
Me alegra que gusten. Un abrazo!
Pablo Ruiz Martí
La noche se ha llevado con su osada negrura todo todito,lo que yo había escrito.
Otro día , bendita sea su clara mirada,
Contaré lo contado.
Cantaré lo cantado.
Y esperaré tembloroso
Tu beso, ahora confinado